febrero 2026

Imbabura

ZULETA SE CONVIERTE EN PUENTE CULTURAL ENTRE ECUADOR Y JAPÓN

Publicidad Durante seis horas, la comunidad de Zuleta, al sur del cantón Ibarra, fue escenario del Encuentro para el Intercambio Cultural Kichwa–Japón, una jornada que reunió saberes ancestrales, prácticas contemporáneas y expresiones identitarias de pueblos andinos y japoneses. El evento se desarrolló en el centro cultural y deportivo de la comunidad y congregó a habitantes locales, visitantes nacionales y voluntarios extranjeros vinculados a procesos de cooperación internacional. La feria contó con al menos 25 stands, donde se exhibieron bordados a mano de Zuleta, artesanías en totora de la parroquia San Rafael de la Laguna, de Otavalo, y piezas alusivas a la cultura japonesa. La vestimenta se convirtió en uno de los ejes simbólicos del encuentro: mujeres imbabureñas dejaron momentáneamente el anaco y las blusas bordadas para vestir kimonos, mientras visitantes japonesas lucieron indumentaria tradicional kichwa, en un ejercicio de intercambio cultural visible y participativo. INTERCAMBIO CULTURAL Y COOPERACIÓN INTERNACIONAL El evento se enmarca en un proceso de trabajo sostenido con la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA), que mantiene voluntarios en Imbabura desde hace dos años, enfocados en desarrollo económico y fortalecimiento territorial. “Gracias a la colaboración con la cooperación japonesa hemos tenido voluntarios que trabajan en desarrollo económico y en el Geoparque Imbabura, fortaleciendo capacidades locales”, explicó José Boada, director de Desarrollo Económico y Geoparque Imbabura. Boada detalló que el intercambio involucró a tres pueblos: Kichwa Karanki, Kichwa Otavalo y Japón, y que la vestimenta fue “una excusa artística para aprender la cultura, escribir nombres en japonés y generar un espacio de encuentro”. El proceso incluyó, además, capacitaciones previas en Otavalo sobre marketing, marketing digital, trabajo en equipo, asociatividad y desarrollo territorial, impartidas por cuatro voluntarios japoneses especialistas. El intercambio también se expresó en el ámbito educativo y creativo. Niños y jóvenes aprendieron símbolos y escritura japonesa, mientras los visitantes ensayaban palabras en castellano y kichwa. Hubo talleres de origami, demostraciones de escritura japonesa como expresión artística y un desfile de modas sobre alfombra roja, donde se mostraron prendas y productos de ambas culturas. Desde San Rafael de la Laguna, artesanos compartieron su trabajo ancestral con la totora. “Ancestralmente trabajamos la totora: artesanías, muebles y ahora también gastronomía. Ya hacemos pan y chicha de totora”, relató Antonio Tocagón, presidente de la localidad, quien destacó que los voluntarios japoneses aportaron conocimientos sobre turismo y organización de ferias. Para Kengo Akamine, representante residente de JICA en Ecuador, el objetivo central fue el aprendizaje mutuo. “Es una oportunidad para aprender la identidad, la creatividad y la fuerza cultural de las comunidades de Imbabura”, señaló, al tiempo de resaltar el valor del bordado de Zuleta como elemento con potencial de proyección internacional. El Encuentro Kichwa–Japón dejó en Zuleta una experiencia de intercambio directo, donde la cultura, la artesanía y el conocimiento se convirtieron en herramientas para promover el territorio, atraer visitantes y proyectar los productos de Imbabura hacia escenarios internacionales. Publicidad

Ibarra

SIN PIERNAS, PERO CON FUTURO: LA VIDA DE CRISTIAN ACOSTA OCHO MESES DESPUÉS DE LA TRAGEDIA

Publicidad La vida de Cristian Andrés Acosta Congo, de 31 años, exfutbolista profesional, cambió para siempre desde el 3 de junio de 2025. Un accidente de tránsito ocurrido al interior de una empresa azucarera ubicada en el valle del Chota le provocó la amputación de ambas piernas. Hoy, desde una vivienda en el sector Lomas de Azaya, al noroccidente de Ibarra, enfrenta una nueva rutina marcada por el dolor físico, la precariedad económica y una batalla judicial que nunca llegó a instalarse; pero también por la fe, el amor y la decisión de no rendirse. Cristian había dejado temporalmente el fútbol tras una lesión de ligamento cruzado anterior en 2024. En medio de la falta de trabajo, aceptó laborar por días en el ingenio como estibador. Laboró 21 días y acudió en tres ocasiones a cobrar su remuneración. “Una vez me dijeron que no había dinero, otra que no estaba la persona que pagaba. A la tercera vez fui porque ya le habían pagado a un primo”, recuerda. Ese día, tras recibir su pago, salió en su motocicleta del interior de la empresa. Nunca logró salir del recinto. Un camión cargado de caña lo embistió. “Vi que bajaba embalado, con música a todo volumen. Me asusté, frené, la moto rodó y fui a dar a las llantas del camión. Me arrasó la pierna derecha y parte de la izquierda. Frenó cuando ya me había destrozado”, lamenta. El chofer, según su testimonio, huyó del lugar. Cristian quedó tendido en el suelo, pidiendo ayuda. “Solo un amigo me consolaba. La empresa no me ayudó. Tenían ambulancia, pero dijeron que no había chofer”. La asistencia llegó desde Ambuquí, a través del ECU 911, tras aproximadamente 15 minutos. Fue trasladado a una clínica privada, donde permaneció cuatro días en la unidad de cuidados intensivos. “Mi vida colgaba de un hilito”. Al despertar, ya no tenía mis piernas. “Lo tomé con calma. Acepté. Quizás Dios tenía otro propósito”, dice resignado. EL ACCIDENTE QUE NO LLEGÓ A JUICIO Ocho meses después, no existe una sentencia. El conductor del camión no fue a prisión y nunca se instauró un juicio. “Nos dijeron que mejor dejemos el caso, que el peritaje salió en mi contra, que podían cobrarnos los gastos médicos”, afirma Cristian. Su abogado le recomendó no continuar. “Juicio nunca hubo”. Asegura que el camión fue lavado mientras estaba bajo custodia, y que el chofer continúa conduciendo la misma unidad. “Sigue feliz de la vida. Eso es lo injusto”, comenta. La empresa donde se produjo el siniestro pagó 45 mil dólares en la clínica donde llegó en estado crítico.  “Luego nadie vino a preguntar cómo estaba”. Cristian insiste en que buscará justicia. “No quiero impunidad. No voy a dejar esto así”, asegura. EL AMOR COMO REFUGIO Y LA FE COMO MOTOR Cristian se había casado cuatro meses antes del accidente. Hoy, su esposa, Karelis Leonela Suárez Méndez, de 25 años, es su principal apoyo y cuidadora. “Dependemos el uno del otro. Mi día a día es ella: el desayuno en la cama, las curaciones, todo”, dice Cristian con una sonrisa en el rostro. Karelis dejó de trabajar para cuidarlo a tiempo completo. “Nunca me imaginé una vida así, pero mientras sea con él, todo”, dice convencida la mujer. La pareja no recibe apoyo estatal ni bono, ya que la discapacidad de Cristian fue calificada en 40%, insuficiente para acceder a ayudas. Su situación económica es crítica. Viven en una zona alta, con gradas que dificultan su movilidad. “Salir o entrar es una lucha diaria”, relata Karelis. Además, Cristian ha ingresado tres veces más al quirófano tras el accidente, para corregir errores de las anteriores operaciones. A pesar de todo, Cristian sonríe. Juega con Nena, su perrita rottweiler. Mira fotografías de su pasado en la cancha, con el uniforme del Deportivo Quito y otros cuatro equipos profesionales donde jugó durante más de una década. “El fútbol no me dio riquezas, me dio vida”, afirma. Hoy sueña con volver a caminar, acceder a prótesis y convertirse en coach motivacional. “Quiero ayudar a otros, ser testimonio de que se puede seguir”. Para Cristian, la tragedia no apagó su esencia. “No me quitó mi felicidad, me quitó mi independencia. Pero sigo aquí”. En medio del dolor, su historia se levanta como un relato humano que interpela a la justicia, al sistema y a una sociedad que muchas veces mira, graba y sigue de largo.

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