Peguche

Deportes, Imbabura

TRES EQUIPOS EXPULSADOS DE LA COPA PAWKAR 2026 POR INCUMPLIR CONSANGUINIDAD INDÍGENA

El Mundialito Indígena de Fútbol, evento central del Pawkar Raymi Peguche 2026 atraviesa una de sus peores crisis luego de que la Comisión de Fútbol de la organización confirmara la descalificación de tres selecciones comunitarias por incumplir el requisito de consanguinidad indígena, una norma que rige el torneo. Los equipos sancionados fueron Huaycopungo, Pinsaquí y Turuku. Las resoluciones se emitieron tras un proceso de verificación documental apoyado en información oficial del Registro Civil del Ecuador. El reglamento del denominado torneo establece que cada jugador debe certificar ser hijo de padre y madre indígenas, condición que no fue demostrada en varios casos. Las investigaciones revelaron inconsistencias en los registros de filiación y residencia comunitaria, lo que derivó en la pérdida de puntos y la eliminación directa de los equipos. Publicidad ¿CÓMO SE DETECTARON LAS IRREGULARIDADES? El conflicto se activó cuando dirigentes y veedores solicitaron revisar la documentación de ciertos futbolistas. A partir de esa petición, la Comisión contrastó la información presentada por los equipos con los datos oficiales del Registro Civil. El resultado fue concluyente: existían jugadores que no cumplían con la línea directa de ascendencia indígena exigida por el Artículo 3 del reglamento, informó Segundo Gramal, presidente de la edición 2026 de la fiesta del florecimiento. «Agradecemos a la directora zonal del Registro Civil, quien nos abrió las puertas y nos ayudó a verificar la información. Allí comprobamos que algunos jugadores tenían padres mestizos», explicó. Además, se comprobó que algunos deportistas no nacieron ni residen en las comunidades que representaban, un requisito que también forma parte de la normativa interna del torneo. La situación se agravó cuando se detectó que, en un intento por mantenerse habilitados, ciertos jugadores intentaron modificar su autoidentificación étnica en la cédula horas antes de los encuentros decisivos. «Cuando los equipos se inscriben, nosotros creemos en la buena fe de los directivos. No queremos ni siquiera pensar que actúan de mala fe. Puede ser incluso por desconocimiento, pero como sabemos, el desconocimiento de la ley no exime de responsabilidad«, dijo Marcelo Yacelga, asesor jurídico de la organización en rueda de prensa. Allí, la organización fue categórica: las sanciones son definitivas y no habrá reconsideración mientras no se demuestre el cumplimiento estricto del reglamento. Para los miembros de la Comisión, flexibilizar el requisito de consanguinidad implicaría desnaturalizar el propósito histórico del certamen. Sin embargo, la aplicación estricta de la norma ha abierto un debate en las comunidades sobre los criterios de pertenencia en un contexto donde el mestizaje forma parte de la realidad social. Mientras las resoluciones ya dejaron fuera de competencia a tres selecciones, el torneo continúa bajo un ambiente de vigilancia documental reforzada. La organización ha anunciado que los controles serán más rigurosos en las próximas ediciones, con el objetivo de evitar que se repitan controversias que hoy marcan uno de los episodios más tensos en la historia reciente del Mundialito Indígena.

Imbabura, Tendencias

SIN PAMBAMESA NO HAY FIESTA: LA TRADICIÓN QUE UNE A LAS COMUNIDADES KICHWAS

Publicidad En las comunidades kichwas de Imbabura, la celebración no comienza con discursos ni tarimas, sino con manteles extendidos sobre la tierra o la hierba. La Pambamesa o pampa mesa tiene raíces profundas en las sociedades indígenas de la región andina ecuatoriana y forma parte de una práctica comunitaria ancestral cuya etimología proviene del kichwa pampa “suelo” o “tierra”, y del español mesa, es decir, una “mesa sobre la tierra”. Esta tradición se remonta a las formas de convivencia y reciprocidad que caracterizaban a los pueblos andinos antes y durante la época colonial, en las que compartir alimentos en un mismo espacio, extendidos sobre manteles en el piso, simbolizaba solidaridad, igualdad social y agradecimiento por los frutos de la Pacha Mama o madre tierra en español. En parroquias como Peguche, en el norte del cantón Otavalo, esta tradición toma fuerza durante festividades como el Pawkar Raymi, cuando cientos de migrantes otavaleños regresan y se reúnen con sus familias para celebrar el florecimiento de los cultivos. La preparación empieza con una premisa clara: la conexión con la Pacha Mama es esencial. Por eso los alimentos se colocan directamente sobre esteras, plásticos o manteles blancos tendidos al ras del piso.Las warmis, madres y abuelas, asumen el liderazgo. Cocinan con leña cuando es posible y utilizan productos cultivados en sus propias chacras. No se emplean condimentos artificiales. Maíz tostado, fréjol, arveja, chochos, papas, arroz, choclo y carnes de cuy, cerdo o gallina forman parte del banquete. No existe una receta rígida: cada familia aporta lo que tiene, pero en cantidad suficiente para todos. No importa si el evento convoca a 10 o a 100 personas. Luz María Córdoba, guardiana de esta práctica ancestral en Peguche, explica que “no hay una sola manera de hacer la Pambamesa. Cada familia aporta lo que produce. Lo importante es que alcance para compartir”. Añade que “cuando se mezcla todo sobre el mantel blanco, se unen los sabores de cada hogar”. UN RITUAL DE REENCUENTRO QUE NO ADMITE SOBRANTES Cuando la música en kichwa y español comienza a sonar en la cancha de Peguche, escenario principal del Pawkar Raymi, llegan los recipientes llenos de alimentos cocidos. Estos se vacían y se integran en una sola gran porción colectiva. El alimento deja de pertenecer a una familia para convertirse en comida de todos. La distribución es inmediata y equitativa. “Aquí no debe sobrar nada”, recalca Luz María. En el pasado, los alimentos se entregaban en hojas de col; luego en fundas plásticas; hoy se utilizan platos desechables. Sin embargo, una regla permanece intacta: se come con la mano, sin cubiertos, para activar los sentidos y mantener el vínculo directo con la comida y la tierra. Más que un banquete, la Pambamesa es un acto simbólico. Convoca a quienes migraron y regresan por la fiesta, a los niños que aprenden observando y a los mayores que custodian la tradición. En cada puñado compartido con propios y foráneos, se refuerza una decisión colectiva: no renunciar a la identidad ni a las raíces que sostienen a los pueblos andinos de Imbabura.

Imbabura

PAWKAR RAYMI: EL IMÁN QUE TRAE DE REGRESO A 20 MIL MINDALAES

Publicidad El retorno no siempre hace ruido. A veces llega en silencio, con una maleta gastada, un abrazo pendiente y el olor intenso de la tierra mojada. En la comunidad Peguche, al norte de Otavalo, el Pawkar Raymi 2026 comenzó así en miles de hogares: con un reencuentro. Afuera, las calles se llenaban de música y color, sí, pero también de pasos que volvían a marcar el mismo camino después de años lejos. Para los dueños de esas pisadas, el desfile inaugural fue deseo compartido de vivir el tiempo de florecimiento cerca de casa, de los suyos. La fiesta nace del agradecimiento a la tierra por la vida que brota en los campos. Es una fecha trascendental del calendario andino agrofestivo convertido en memoria viva. Pero en Peguche el Pawkar Raymi también es un mapa emocional, que se ramifica como árbol centenario. Aquí regresan los mindalaes, los comerciantes que llevaron Otavalo a otras latitudes y que, cada año, ajustan su vida para coincidir con estas fechas. No vienen solo a mirar. Vienen a cumplir cargos, a honrar promesas, a sentarse otra vez en la mesa familiar. Segundo Gramal volvió desde Noruega con una decisión tomada. No fue un viaje corto ni simbólico. Asumió el priostazgo principal y, con él, una vida entera reordenada. “Dejé Noruega en Octubre, porque debía estar aquí en Peguche para preparar y planificar esta que significa mucho para nosotros, dijo, como quien mide el tiempo por responsabilidades y no por distancias. En Peguche, este cargo no se delega, es un honor que se lo lleva a la tumba. Cada ritual, cada encuentro, cada jornada lo confirma. Dayra Camuendo tiene 26 años y vive en Londres. Llegó al país hace 8 días y se vistió de gala para acompañar al Coraza, con blusa bordada, anaco , faja, alpargatas y manillas en su brazos y hualcas en su cuello. Tiene una sonrisa siempre que se la mira. Cómo si la tuviera tatuada en su rostro. Cómo si estar en Peguche fuera la mejor parte de su vida. Por eso ahorra durante meses para regresar justo antes del Pawkar Raymi. No improvisa el retorno. “Y me quedo hasta marzo, entonces tengo todo el mes para disfrutar de las fiestas, compartir con mis familiares, ver a mis amigos, a toda mi gente”, cuenta. CUANDO EL REENCUENTRO MUEVE LA ECONOMÍA Pero el Pawkar Raymi 2026 no termina en el desfile. La programación se extiende hasta el 22 de febrero, con rituales ancestrales, encuentros culturales, presentaciones artísticas y espacios de reunión comunitaria. El reencuentro también tiene impacto concreto. Según Anabel Hermosa, en lo que va del año unos 20 mil mindalaes han regresado a la ciudad. “Este fenómeno dinamiza la economía en al menos 1,5 millones de dólares”, precisó la autoridad. El punto más alto de la agenda es el Mundialito Indígena de Fútbol. 30 equipos se inscribieron para disputar una réplica de la Copa de la FIFA intervenida con símbolos otavaleños, en la trigésima edición de esta celebración andina. Solo en el primer día, más de 10 mil personas se congregaron alrededor de la cancha. No todos juegan. Muchos miran. Otros reconocen caras que no veían desde hace años. En Peguche, el Pawkar Raymi no es solo una fiesta. Es un regreso ordenado por la memoria. Un recordatorio de que, aunque el lugar de trabajo quede lejos, hay fechas que llaman. Y cuando llaman, Otavalo vuelve a florecer.

Imbabura, Otavalo

EL PAWKAR RAYMI VUELVE A PEGUCHE CON CULTURA, DEPORTE Y REENCUENTRO COMUNITARIO

Publicidad La noche cayó sobre la Plaza Cultural de Peguche y, con ella, el anuncio oficial de uno de los ciclos festivos más importantes del calendario andino. El Comité Organizador presentó públicamente el Pawkar Raymi 2026, dando a conocer su agenda deportiva, cultural y artística, además de revelar la copa y el balón oficial del campeonato indígena. El acto marcó el inicio simbólico del tiempo de florecimiento en esta comunidad de Imbabura y congregó a priostes de la edición número 30, autoridades provinciales y cantonales, dirigentes comunitarios, auspiciantes, artistas y representantes de los medios de comunicación. La presentación fue concebida como un acto ceremonial que reafirma el valor comunitario del Pawkar Raymi y su vigencia como espacio de encuentro cultural y deportivo. FLORECIMIENTO, REENCUENTRO Y DINAMIZACIÓN LOCAL Durante su intervención, el prioste mayor, Segundo Gramal, subrayó el significado social de la festividad. “Esta es la festividad más esperada por los pueblos kichwas, muchos de ellos regresan del exterior para reencontrarse con sus familias y recargar energías en esta época de florecimiento”, afirmó. Publicidad Las autoridades coincidieron en que el Pawkar Raymi genera un impacto directo en la gastronomía, el turismo y el comercio de Imbabura, especialmente durante el feriado de Carnaval, cuando se concentra gran parte de las actividades. La agenda cultural y artística también fue presentada y contempla espectáculos de distintos géneros musicales, con la participación de artistas de alcance nacional e internacional. La programación se desarrollará del 7 al 22 de febrero, con actividades distribuidas en la comunidad de Peguche y espacios aledaños. DEPORTES, MEMORIA Y TRADICIÓN ANCESTRAL Uno de los momentos centrales del lanzamiento fue la revelación oficial de la copa y el balón del campeonato indígena. El trofeo fue elaborado por el artista kichwa César Farinango, utilizando madera de cedro y seike, y recubierto con pan de oro de 24 quilates, aplicando técnicas tradicionales de la antigua Escuela Quiteña. En el ámbito deportivo, Juan Carlos Lema, vicepresidente del Pawkar Raymi Peguche 2026, informó que el campeonato contará con la participación de más de 30 equipos, provenientes de 21 comunidades de Imbabura, y recalcó que “el apoyo de las autoridades y de la empresa privada es fundamental para fortalecer el evento año tras año”. El acto incluyó un minuto de silencio en homenaje a Don Marcelo Terán, conocido como “Manllero”, exjugador de la selección de Peguche y exprioste del Pawkar Raymi. La jornada concluyó con el tradicional kukabi, compartido por las mujeres de la comunidad, como expresión de identidad, gratitud y cohesión social.

Imbabura

FESTIVAL PAWAY, PINTO DE COLORES EL CIELO DE PEGUCHE

Con carrizos, piolas, plásticos y materiales reciclados en las manos, más de 100 familias llegaron a la comunidad de Peguche, en la parroquia Migel Egas Cabezas, norte de Otavalo, para participar en el festival Paway, una tradición que desde hace 11 años convierte a este poblado en un espacio de encuentro cultural y familiar. Paway en kichwa significa “volar” y ese fue el espíritu que envolvió la jornada. Desde temprano, los taitas y guaguas (padres y niños) trabajaban juntos en la elaboración de las cometas sobre el cesped del estadio local. Calculaban el peso del carrizo, cortaban plásticos de colores y amarraban piolas, mientras las warmis (mujeres) preparaban los hilos y cordeles que darían firmeza a cada creación. Había una regla sencilla pero escencial. Todas las cometas participantes debían ser elaboradas en el lugar de manera artesanal. HISTORIAS QUE VUELAN CON EL VIENTO Cada grupo buscaba dejar su huella en el cielo de Peguche. Enrique Guanoluisa, llegó con su familia desde Cotacachi. El presentó una diminuta cometa de apenas cinco centímetros hecha con pajonales y plástico, que sorprendió por su capacidad de volar. «Mi cometa está hecha a escala. Es como las grandes, solo que en tamaño miniatura. Hacerla me tomó dos horas. Fue complicado porque tocó hacer mediciones y varias pruebas. Pero lo más importante es que la hice volar», dijo el participante. En contraste, Luis Cabascango, con sus siete hijos y su esposa, levantó una cometa azul con la figura del Diablo Huma. Al inicio no lograba elevarse, pero tras varios intentos y ajustes, el viento la llevó hasta las nubes entre aplausos y abrazos. Hubo cometas de hasta seis metros, pintadas y decoradas con esmero, y diseños originales como un esqueleto que, al moverse, parecía un títere danzante en el aire. UNA TRADICIÓN QUE UNE A LA COMUNIDAD Más allá del concurso —que premiaba la cometa más grande, la más pequeña y la mejor decorada— el festival fue un espacio de convivencia. Durante ocho horas, los asistentes disfrutaron de juegos tradicionales como el jervis, parecido a las quemadas o los marros, donde dos equipos de 10 personas se enfrentan. El que inicia el juego debe derribar con una pelota al menos un tejo de tres torres de siete piezas cada una, y luego una de sus tres integrantes debe volver a armar las torres con una mano, evitando ser quemada con la pelota por los integrantes del equipo contrario. También se organizaron carreras de sambos, encostalados y algunas familias midieron sus fuerzas jalando la soga, actividades que buscaban alejar a los niños de las pantallas y devolverles la alegría de lo comunitario. Andrés Pichamba, del colectivo Kawsay Wamprakuna, destacó que junto al grupo Tullpuy y jóvenes de la comunidad se han encargado de mantener viva esta costumbre. “Son 11 años organizando el festival Paway. Queremos que siga creciendo y que cada año más familias se reencuentren con nuestras raíces”, aseguró. Así, entre risas, colores y viento, los habitantes de Peguche y algunos visitantes, evocaron al pasado y revitalizaron su identidad, en la víspera del regreso a clases.

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