Análisis

Análisis, Ibarra

‘DISPUTAS ENTRE BANDAS Y DESPLAZAMIENTO DELICTIVO ELEVAN VIOLENCIA EN IMBABURA’, SEGÚN EXPERTA

La presión operativa del Estado sobre los Grupos de Delincuencia Organizada (GDO ) en la costa ecuatoriana empieza a generar un reacomodo territorial que ya se siente en el norte del país. En la provincia de Imbabura, particularmente, el primer trimestre de 2026 deja al menos 7 muertes violentas, una cifra que enciende alertas en una zona históricamente considerada de menor conflictividad. Este escenario fue analizado en el programa Las Noticias de X de Radio X FM 94.7, donde la especialista en perfilación y comportamiento criminal, Ana Minga, confirmó que este fenómeno estructural es una realidad en la jurisdicción. “Efectivamente hay un desplazamiento (…). Esto es un escenario que ya se preveía”, explicó, al detallar que estas organizaciones operan como estructuras complejas. “Hay que entenderlas como una empresa (…). Te cierran en un lado y abren operaciones en otro lado”. TERRITORIOS EN DISPUTA Y NUEVAS FORMAS DE OPERACIÓN El norte del país comienza a aparecer en el radar de estas estructuras, no solo como refugio, sino como espacio de expansión. Según Minga, la primera fase es huir de la presión estatal, más si esta es anunciada. Pero la segunda es conquistar nuevos territorios, lo que incrementa el riesgo para provincias como Imbabura. “Si se desplazan a otros lugares pueden conquistar esos territorios y se van extendiendo y eso es muy peligroso para la sociedad”, advirtió. La especialista también reveló dinámicas emergentes en la provincia. Una de ellas es el reclutamiento de informantes locales. “Hay muchas personas que se dedican a dar información a estos grupos (…). Tengo entendido que les estarían pagando hasta 60 dólares diarios por pasar información”, señaló. A esto se suman factores estructurales que facilitan la instalación de estas redes: presencia de minería ilegal (en la parroquia Buenos Aires de Urcuquí), cercanía a la frontera, contrabando histórico y geografía compleja, elementos que, según la experta, son evaluados estratégicamente por las organizaciones criminales antes de asentarse. IMBABURA EN EL MAPA DEL CRIMEN ORGANIZADO Los recientes hechos violentos registrados en Ibarra muestran patrones que, de acuerdo con el análisis criminal, responden a estructuras organizadas. El uso de disfraces policiales, ataques tipo sicariato y la incineración de vehículos evidencian planificación y logística. “Para hacer un tipo de incendios así necesitas más de una persona. Cada banda tiene su firma”, explicó Minga, al referirse a los modus operandi diferenciados de grupos como Los Lobos o Los Choneros, quienes tienen estructuras de poder horizontales y verticales, respectivamente. Además, alertó que la violencia actual no solo responde a la presión estatal, sino a disputas entre bandas por control territorial, en un contexto que calificó como un conflicto abierto.“Estamos en guerra, y las bandas no han mostrado sumisión, al contrario, hay enfrentamiento directo con el Estado”, sostuvo.En ese escenario, el norte del país enfrenta un punto de inflexión. La percepción de seguridad cambia, mientras el fenómeno del crimen organizado se adapta, se desplaza y se expande. “Las ciudades han cambiado y van a cambiar. Esa idea de isla de paz que existía en algunas ciudades se acabó”, concluyó la especialista, evidenciando un desafío que ya no es exclusivo de otras regiones, sino una realidad que comienza a instalarse en Imbabura y en todo el norte ecuatoriano.

Análisis, Imbabura

OTAVALO: MUNICIPIO Y GOBERNACIÓN SE ENDILGAN RESPONSABILIDADES EN SEGURIDAD

Tras el hecho violento ocurrido el lunes 19 de enero de 2026, donde fallecieron dos personas, ambas instituciones se hicieron señalamientos en redes sociales. La noche del lunes 19 de enero, un ataque armado en pleno centro de Otavalo dejó como saldo la muerte de dos hermanos, un hecho que estremeció a la ciudad y activó, casi de inmediato, pronunciamientos oficiales desde distintos niveles del Estado. Sin embargo, más allá de la condena al crimen, los comunicados evidenciaron una marcada contraposición institucional, atribuciones, responsabilidades y enfoques sobre la seguridad ciudadana. El pronunciamiento llegó primero desde el Municipio. Horas después del hecho violento, la Alcaldía Ciudadana de Otavalo publicó en sus redes sociales un comunicado en el que colocó el foco directamente en el Gobierno Nacional y la Gobernación de Imbabura. El cabildo exigió la presencia inmediata y permanente de las fuerzas del orden y seguridad en el cantón, una demanda que -según el texto- ya había sido planteada de forma reiterada, incluso en la Mesa de Seguridad Provincial. El comunicado municipal fue más allá del rechazo al crimen. Señaló de manera explícita que Otavalo no cuenta con jefe político, comisario nacional titular ni con los efectivos policiales necesarios, advirtiendo que el cantón no puede seguir esperando que se repitan hechos de esta naturaleza para que se actúe. En ese mismo mensaje, el Municipio insistió en que la seguridad es competencia directa del Gobierno central, aunque remarcó que, desde el ámbito local, se han ejecutado acciones preventivas concretas. Entre esas acciones, la Alcaldía detalló 80 puntos con alarmas comunitarias, 24 cámaras de videovigilancia enlazadas al ECU 911, la conformación de comités de seguridad barriales y la operación de un grupo motorizado de agentes de control municipal, recursos que -según la publicación- están a disposición del ente competente del orden público. El mensaje cerró reafirmando el compromiso municipal de coordinar acciones conjuntas, pero manteniendo la exigencia de una respuesta estatal más fuerte. GOBERNACIÓN REACCIONA Horas más tarde, llegó la respuesta desde la Gobernación de Imbabura, liderada ahora por el coronel del ejército en servicio pasivo, Jorge Ortíz. El comunicado provincial inició expresando preocupación por los hechos de violencia registrados en Otavalo y solidaridad con la familia de las víctimas, pero introdujo un enfoque distinto al vincular el crimen con prácticas ilegales de préstamos informales, señaladas como un factor que pone en riesgo la seguridad e integridad de la ciudadanía. En ese marco, exhortó a la población a no recurrir a mecanismos financieros informales y a optar por alternativas legales del sistema financiero. La Gobernación anunció además la ejecución de acciones inmediatas, entre ellas la designación de autoridades de Gobierno y la reactivación de operativos interinstitucionales de seguridad y control, en coordinación con autoridades locales, con el objetivo de reforzar la presencia del Estado en el cantón. Sin embargo, el mensaje incluyó un llamado de atención al cabildo y su alcaldesa Anabel Hermosa: conforme al artículo 54 literal n) del COOTAD, es competencia de los gobiernos municipales crear y coordinar los consejos de seguridad ciudadana municipal, encargados de la planificación, ejecución y evaluación de la política local en materia de prevención y convivencia. POLARIZACION MARCADA QUE DEJÓ EL PARO DE 2025 Así, el intercambio de comunicados dejó al descubierto una contraposición marcada, que se traslada también a sus habitantes que, tras el paro de septiembre y octubre de 2025, Otavalo quedó marcada por una profunda polarización social que reconfiguró la convivencia en la urbe y tensionó la relación entre ciudadanía y Estado. Aquellas jornadas de protesta, inicialmente planteadas como una medida de presión política y social, derivaron en episodios de violencia directa que evidenciaron la fragilidad del orden público en el cantón. Uno de los hechos más graves ocurrió cuando el cuartel policial de la localidad fue atacado por manifestantes, registrándose incendios y explosiones que dejaron la infraestructura en llamas, en una escena que quedó grabada en la memoria colectiva de la ciudad y del país. El ataque no solo significó daños materiales, sino que profundizó una narrativa de confrontación que dividió a la población entre quienes respaldaban la protesta y quienes advertían sobre sus consecuencias. En ese contexto, el discurso público escaló a niveles inéditos. Sectores que apoyaban el paro llegaron a pedir abiertamente que la Policía abandone el territorio, un planteamiento que expuso el quiebre institucional y la pérdida de consensos mínimos sobre la autoridad del Estado en la ciudad. La consigna, difundida en espacios públicos y redes sociales, reflejó el clima de radicalización que se instaló en la urbe durante 31 días.Desde entonces, Otavalo arrastra una herida abierta: una ciudad atravesada por desconfianzas, memorias de violencia y un debate inconcluso sobre seguridad, presencia estatal y gobernabilidad. Ese antecedente vuelve hoy al centro del análisis, cuando nuevos hechos violentos reactivan las alarmas y obligan a mirar atrás para entender cómo la polarización social no resuelta sigue condicionando el presente del cantón.

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