CUATRO DÍAS DE ANGUSTIA: EL CALVARIO DE UNA MADRE QUE BUSCÓ SOLA A SU HIJO Y LO ENCONTRÓ MUERTO

La casa de Evelyn Alexandra Chala, ubicada en el barrio Santa Teresita de Alpachaca, al norte de Ibarra, quedó en pausa la noche del lunes 2 de febrero. Deyran Palacios Chala, de 15 años, su hijo menor, salió a las tres de la tarde con una rutina sencilla: visitar a su prima en el sector San Benito de Palermo, y volver caminando a su casa como siempre lo hacía.

Antes de irse había ordenado su cuarto, cambiado las sábanas, lavado su ropa. «Era un adolescente tranquilo, amigable, sonriente, carismático”, así lo describe su madre. A las nueve de la noche, el teléfono de Deyran ya estaba apagado. Evelyn esperó. Llamó. Volvió a llamar. La lluvia cayó esa madrugada y ella no durmió. “Mi hijo no era de desaparecerse, algo estaba mal”, recuerda.

El martes amaneció con la certeza de que la espera no era opción. Desde temprano, Evelyn preguntó en casas de familiares, habló con su sobrino, reconstruyó los últimos pasos de Deyran. Supo que había llegado donde su prima, que conversó con ella y que cerca de las siete de la noche emprendió el regreso por el anillo vial. Esa fue la última vez que alguien lo vio con vida. En ese momento estaba acompañado de otro joven identificado como «Pablo».

A media mañana del martes, Evelyn llamó a la Policía. El contacto con la Dirección Nacional de Delitos contra la Vida, Muertes Violentas, Desapariciones, Extorsión y Secuestros (Dinased) fue formal, frío. Le tomaron datos. Le pidieron esperar. “Me dijeron que vuelva al día siguiente a poner la denuncia”, cuenta. El miércoles cumplió el trámite, pero nada más pasó. Nadie salió a buscar. Nadie recorrió el barrio. “Solo escribían y escribían en una computadora…”. La lentitud se volvió desesperación. Ese mismo miércoles, Evelyn tomó una decisión que la marcaría: buscar ella misma a su hijo.

EL CAMINO QUE LA CONDUJO AL MONTE

El jueves, acompañada de un grupo de 30 personas entre familiares y vecinos, inició la búsqueda. Primero fue al último sitio donde Deyran fue visto. Subieron por el Anillo Vial, desde el redondel de Santa Teresita hasta el estadio La Cocha en Lomas de Azaya, caminaron por senderos improvisados, preguntaron a desconocidos.

En el trayecto aparecieron voces, advertencias, miradas esquivas. Una mujer, habitante de calle, conocida como Ilaria gritó nombres y decía frases que en principio parecían no tener sentido. «Vienen por el niño», repetía. Darwin, otro hombre que salió de una choza construida en medio de los terrenos baldíos, señaló direcciones, dió indicios. Evelyn escuchó frases que hoy le pesan como presagios. “Me estaban avisando, pero yo solo pensaba en encontrar a la persona que estuvo con mi hijo”.

Este hombre le habló de una zanja, de un camino que conducía al monte. Y efectivamente, a solo dos cuadras de su casa, entre la maleza, estaba Deyran. Muerto. El cuerpo presentaba signos de violencia extrema. Estaba maniatado, boca abajo, sin pantalones. Su rostro ya no estaba. Le habían destrozado la cara. “Yo pensé que lo iba a encontrar vivo, aunque sea herido”, dice Evelyn. Ese instante su vida se partió en dos. Con lágrimas e impotencia cerró cuatro días de búsqueda y abrió un duelo que aún no tiene respuestas.

TRÁMITES, PAGOS Y MÁS SILENCIO

El dolor no frenó el procedimiento. De inmediato vinieron el levantamiento del cuerpo, el traslado, la autopsia. A la familia le pidieron 100 dólares para continuar con el trámite. El resultado del análisis forense decía que la muerte de Deyran fue por causas “indeterminadas”. Los médicos que realizaron el examen ya no estaban cuando la madre pidió explicaciones. “No nos dieron la cara”, asegura.

Tampoco hubo una inspección posterior en el sitio del hallazgo. Días después, la propia familia encontró pertenencias de Deyran, rastros de sangre, objetos que nadie había recogido. Cuando Evelyn llamó para informar, la respuesta la dejó helada. “Me dijeron que eso ya no servía para la investigación”. La sensación de abandono se volvió absoluta.

DETENIDOS QUE SALIERON CAMINANDO

Con los nombres señalados por vecinos y testigos, la familia localizó a tres sospechosos y los llevó al comando policial. Ahí escucharon versiones cruzadas, acusaciones entre ellos, y el enojo de una fiscal que advirtió que no podían mantenerlos retenidos. Horas después, quedaron libres.

Un agente de la Policía, que pidió reserva, confirmó a CRÓNICAS DEL NORTE que los implicados fueron dejados en libertad porque ya habían pasado las 24 horas de flagrancia, aunque sostuvo que “las investigaciones continúan y ya se procesan boletas de detención contra los implicados”. Para Evelyn, esa explicación no alcanza. “Yo estuve en la fiscalía hoy (lunes 9 de enero) y nadie me habló de boletas«, responde.

UNA MADRE FRENTE AL SISTEMA

Hoy, Evelyn no habla de venganza. Habla de justicia. De empatía. De un sistema que, según ella, reaccionó tarde y sin humanidad frente a la desaparición y muerte de un adolescente humilde. “Yo tuve que hacer el trabajo que ellos no hicieron”, dice la madre. Deyran acababa de cumplirlos los 15 años el 22 de enero. Le gustaba la música, bailar y salir a caminar. Su historia terminó en el monte, de manera violenta. La de su madre sigue, pero ahora en pie de lucha.

La indignación se convirtió en acción. La familia de Deyran, junto a vecinos y colectivos barriales, anunció una marcha pacífica para exigir justicia y respuestas claras. La movilización se realizará este martes 10 de febrero, desde las 15:00, y partirá desde el sector de Santa Teresita del Alpachaca. No es una protesta política ni un acto de confrontación: es un grito de dolor.

“No queremos venganza, queremos justicia”, insiste Evelyn, mientras convoca a la ciudadanía a acompañarlos. La caminata busca visibilizar un caso que, según la familia, avanza con lentitud alarmante y corre el riesgo de quedar impune. Para esta madre, salir a las calles es la última herramienta que le queda. “Si no alzamos la voz, mi hijo será solo un número más”, lamenta.


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