EL BORDADO DE ZULETA, UNA TRADICIÓN DE 125 AÑOS QUE YA ES PATRIMONIO CULTURAL DEL ECUADOR

En los hogares de la comunidad Zuleta, de la parroquia rural de Angochagua, suroriente de Ibarra, los hilos de algodón de colores se convierten en flores, colibríes y sueños. Allí, más de 500 mujeres mantienen viva una tradición que empezó hace más de 120 años, y que luego de un proceso extenso de investigación, fue reconocido oficialmente como Patrimonio Cultural Inmaterial del Ecuador.

Las primeras puntadas de esta historia se remontan a los inicios del siglo XX, cuando las mujeres indígenas bordaban su vestimenta inspiradas en los paisajes del páramo. Desde entonces, el oficio ha pasado de madres a hijas, enlazando generaciones enteras. “Yo aprendí viendo a mi madre, y ahora mis hijas siguen el mismo camino”, relató Magaly Casa, una de las artesanas que ha dedicado su vida a esta labor.

DE LAS HACIENDAS A LOS TALLERES COMUNITARIOS

El bordado de Zuleta evolucionó con el paso del tiempo. A mediados del siglo pasado, María Avelina Lasso de Plaza, esposa del expresidente Galo Plaza Lasso, impulsó la creación de nuevas piezas decorativas en la hacienda Zuleta, transformando los diseños tradicionales en productos de uso doméstico: manteles, toallas y blusas bordadas a mano que pronto trascendieron las fronteras del pueblo.

Hace tres décadas, un grupo de trece artesanas decidió organizarse y fundó la Asociación de Bordadoras y Artesanos de Zuleta, una agrupación legalmente constituida que mantiene talleres en la comunidad y expone sus obras en el centro cultural local. Cada bordadora lidera a su propio grupo de colaboradoras, multiplicando el impacto económico del oficio en la zona.

ARTE, PACIENCIA Y ECONOMÍA FAMILIAR

Una blusa típica puede tardar cinco días en completarse, mientras que un mantel grande requiere hasta mes y medio de trabajo constante. Las piezas más pequeñas, como los portavasos, se elaboran en una jornada. Todo se realiza con hilos de algodón de alta calidad, capaces de resistir el paso del tiempo sin perder color ni textura. “Un buen bordado puede durar más de 30 años”, dijo María Chachalo, artesana local.

Los precios varían según la complejidad: desde tres dólares con cincuenta por un portavaso, hasta más de doscientos por un mantel grande. El reciente reconocimiento nacional es más que un título: es la validación de una herencia viva que simboliza la independencia y la creatividad de las mujeres de Zuleta. Con sus manos, ellas no solo bordan telas, sino también la memoria y el futuro de su pueblo.


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