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- Agencia EFE
En el cantón Cotacachi, en la provincia de Imbabura, se afianza una iniciativa inédita en el país: la primera escuela de partería ancestral del Ecuador, activa desde 2021, que busca garantizar la continuidad de saberes tradicionales frente al envejecimiento de las parteras históricas. El proyecto, denominado “Unanchu Mamakuna”, surge desde las propias organizaciones indígenas como una respuesta estructural a la pérdida progresiva de estos conocimientos.
La escuela, impulsada por el Consejo Indígena de Salud Ancestral Hampik Warmikuna, ha logrado hasta el momento formar a nueve parteras comunitarias, quienes ya ejercen en sectores rurales donde el acceso al sistema de salud es limitado. El proceso formativo es gratuito y se basa en la transmisión directa de conocimientos por parte de parteras experimentadas, reconocidas como “mujeres sabias”.
Estas prácticas no solo se enfocan en el acompañamiento del parto, sino también en el uso de plantas medicinales, el cuidado emocional durante el embarazo y el vínculo comunitario que rodea el nacimiento. La enseñanza se desarrolla en territorio, con un enfoque práctico y culturalmente pertinente, alejado de esquemas académicos convencionales.
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EL PARTO EN CASA COMO RESPUESTA A LA VIOLENCIA OBSTÉTRICA
El resurgimiento de la partería ancestral también se enmarca en un contexto de cuestionamiento al sistema sanitario. En Ecuador, el 48 % de mujeres ha sufrido violencia gineco-obstétrica, cifra que asciende a cerca del 70 % en mujeres indígenas, según datos del INEC. Esta realidad ha impulsado a muchas mujeres a optar por el parto en casa como una alternativa más respetuosa.
Martha Arotingo, partera con más de dos décadas de experiencia, sostiene que esta elección trasciende lo médico. “Una mujer tiene que estar convencida de que su cuerpo es su primer territorio”. Desde su visión, parir en casa se convierte en un acto político que reivindica la autonomía sobre el cuerpo y las decisiones reproductivas.
A diferencia del modelo hospitalario, donde predominan protocolos rígidos, las parteras adaptan la atención a cada caso. “No estamos mirando en el reloj cuántas horas han pasado; estamos observando cómo está la mamá”, explica Arotingo, destacando un enfoque centrado en el bienestar integral de la mujer.
Para María Piñán, aprendiz de la escuela, este proceso tiene implicaciones sociales profundas. “Tengo dos hijas y pienso que esta conexión más humana de tener un parto en casa con los seres queridos es muy importante”, afirma, al subrayar la dimensión afectiva y comunitaria del nacimiento.
La consolidación de esta escuela no solo fortalece la salud ancestral en el país, sino que también posiciona a las mujeres indígenas como actoras clave en la defensa de sus derechos, conocimientos y formas propias de entender la vida y el nacimiento.
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